sexta-feira, 6 de abril de 2012

PRIMERO HAY QUE SABER SUFRIR, AMAR Y PARTIR Y DESPUÉS LLEGAR

Domingo 23 de noviembre de 1997 | Publicado en edición impresa

Cortázar inédito, Cortázar ilustrado

"El silencio, el tiempo, el grito...
Algo desconocido hace, no sabemos que"
De la serie del Silencio - 2009/2010
 Oscar Cesar Mara

E l texto que se reproduce en estas páginas estuvo guardado durante veinte años en una cajonera. Concebido por Julio Cortázar entre 1977 y 1978, no se publicó nunca (me costó creerlo cuando llegó a mis manos; todavía me cuesta creerlo ahora); como es evidente (por la fecha inscripta al final, junto a su firma), morir sin verlo difundido impidió a Cortázar establecer, fuera de toda discusión, si la pieza aquí presente era un cuento corto o un largo poema.

Una serie de dibujos del pintor Oscar Mara fue el disparador de la escritura. Cortázar quedó particularmente prendado de una joven mujer andando en bicicleta. La soledad de la figura lo motivó a escribir dos líneas como éstas, subrayadas, dicho sea de paso, en la versión original para ser mostradas junto al dibujo a modo de epígrafe: "Entonces, mira, a veces una muchacha parte en bicicleta, la ves de espaldas alejándose por un camino".

Después (o tal vez lo tenía escrito de antes, cómo saberlo) vino todo lo demás.

El proyecto exigió de Cortázar que trocase el orden habitual en que se producen -al menos antes de las computadoras- los textos literarios: no ya desde el manuscrito a su versión a máquina sino, como puede en parte apreciarse en las fotos de Daniel Pessah, desde la hoja salida de la máquina de escribir hacia un soporte visiblemente mayor; a mano, con tinta negra, él mismo se ocupó de pasarlo en limpio en las cuatro cartulinas (60 x 80) donde quedaron para la posteridad.

-Me pidió que le hiciera los renglones porque, a ese tamaño, no creía poder escribirlo derecho -recuerda el pintor en su taller porteño-. Dejámelo, pero esto va a ser terrible. ¿Cómo voy a escribir tan grande? , me dijo. Estuvo dos o tres días hasta que lo terminó...

A las dimensiones emotivas del encargo, a las muchas idas y vueltas que tuvieron los originales desde la casa de Cortázar en París a la del pintor, en Madrid, se debe quizá su clima provisional y nostálgico.

Oscar Mara es un pintor secreto, nada amigo de ir a vernissages ni de lidiar con los veleidosos caprichos del mercado. Su taller queda en pleno Centro, sobre la calle Tucumán; el edificio era, dice, de Victoria Ocampo. Hay dos ventanales inmensos, con botellas de todo tamaño y condición en el dintel. Del otro lado de los vidrios se ven las azoteas de los edificios de oficinas atiborradas de cables telefónicos y de antenas; por encima de esa trama, pese a todo, una buena porción de cielo.

-A Cortázar le gustaban mucho mis cielos. Todo el clima de los dibujos le había gustado. La nostalgia, la melancolía lo impactaron... El silencio... La verdad es que no sé cómo, después de veinte años, tuve la necesidad de retomarlos. De los quince que vamos a mostrar, hay seis nuevos, que hice a partir de noviembre del año último.

Para Mara, como para quien lo escucha, evocar el tema es ir invariablemente hacia atrás. Y si bien el artista procura no caerse en ella -habla por eso despacio, con la voz muy queda- es justamente una tenaz melancolía lo que mejor explica las razones por las que decidió mostrar sus dibujos y ese texto después de veinte años de empecinado enclaustramiento.

Algo así le pasó a Cortázar cuando se comprometió a trabajar sobre la base de las obras de un artista al que no conocía demasiado, pero gracias a él terminó escribiendo, en negro sobre blanco apenas iniciada la dictadura militar, una línea como ésta: "Se puede partir de cualquier cosa, una caja de fósforos, una lista de desaparecidos, un viento en el tejado..."

-Hablar de esto me obliga un poco a ir hacia esos años, pero con los pies en el lugar en que se vive -dice Mara, y hace cargo a la marchand Teresa Nachman por la iniciativa de mostrar por primera vez al público este trabajo en conjunto.

Ella fue la que consiguió lugar y fecha: texto y dibujos se verán a partir de este martes y hasta el 25 de diciembre en la Galería Dock del Plata, en Puerto Madero (avenida Alicia Moreau de Justo 380), un sitio poco conocido todavía y que con esta muestra tiene la ocasión de debutar, diríase a lo grande, en el circuito de arte porteño.

Cortázar y Mara se conocieron en Buenos Aires en 1974. El escritor había llegado de visita a poco de la asunción de Héctor J. Cámpora al gobierno y el pintor se ganaba la vida haciendo, según dice humildemente, "diagramación y encuadre". -No me acuerdo si nos presentaron en lo de Sara Facio y Alicia D´Amico, que era donde yo trabajaba, o si fue Vicente Zito Lema. El estaba totalmente asediado. Apenas nos conocimos, no sé cómo, aceptó venir a comer a casa. Bueno, estuvo cenando y después vino a mi estudio. Después de eso comimos varias veces juntos. Me acuerdo que le gustaban los ravioles de la Zi Teresa de la avenida Las Heras...

Cortázar era unos cuantos años mayor que él, pero la diferencia no levantó barreras, como Mara temía.

-Vos sabés que eso era una cosa que él tenía en la vida. Los grandes es raro que escuchen; por lo general hablan ellos. Esto me lo hizo notar Sergio Camporeale, un pintor que vive en París, y que por suerte nos sacó fotos trabajando. Son la prueba de que lo hicimos juntos, ¿no? Bueno, Cortázar te trataba como a un igual; sólo cuando te ibas de su casa te dabas cuenta de que habías estado hablando con Julio Cortázar.

Conocido admirador del surrealismo, el escritor entrevió acaso en la obra de Mara raíces de ese catálogo automático del inconsciente a partir del cual, es sabido, construyó los relatos con que quebró la hegemonía del racionalismo fantástico en la literatura argentina.

-En el fondo, él no habló de mis dibujos -aclara Mara-. El los vio en profundidad y le provocaron un texto. También cuando hablábamos de pintura, hablábamos de lo que le provocaban las pinturas: en eso teníamos un criterio amplio, muy parecido; tanto podíamos elogiar la de Saura, que es una pintura más basta, como la de Feito, un abstracto de la época de Tapies.

Más que una ilustración y una escritura fue un sentir en conjunto. Lo que fue surgiendo fue el tema. No estuvo provocado...

Cuando los militares tomaron el poder en 1976, Mara encaró el camino del exilio. Instaló su taller en Madrid y desde ahí comenzó a concretar lo que no había pasado de ser, hasta ese momento, una posibilidad conversada.

-Su idea inicial era trabajar con la violencia. Quería hacer una especie de cuadro de la violencia. La idea surgió acá, de eso me acuerdo. El vio mi obra y dijo: ¿Por qué no hacemos algo juntos? Empezamos en 1977, cuando me fui del país, pero entonces Cortázar vio que en los dibujos no había violencia, sino exilio. Por otro lado, la violencia seguía existiendo; y el exilio también es una violencia... Si mal no recuerdo, en 1978 ya tenía listo el texto.

Mara se entrega a los requerimientos del fotógrafo. Sentado en el piso de su estudio, rodeado por las hojas manuscritas por el escritor al que gusta recordar como un amigo, mantiene la vista posada en ellas y no diríamos que las relee (porque sería decir demasiado), pero sí que, bajo sus lentes, los ojos con los que construye minuciosos detalles de nubes y cielos vuelven a recrear imaginariamente alguna imagen nueva.

Al morir Cortázar, el proyecto, que había sido pensado primero como carpeta de litografías, y que quedó programado como libro, pasó a formar parte de su gruesa cajonera de recuerdos. Ni Cortázar ni él pretendían ganar dinero con lo que hacían. Incluso Mara llegó a proponer, hace algunos años, su edición en Cuba.

-Se interesaron muchísimo, pero, bueno, al final se diluyó.

Pero no es desde ahí desde donde me interesa hacer esta muestra. Sino del fenómeno, el misterio de que unos dibujos míos hayan originado ese texto. Uno admira a una persona y de pronto, bueno, estábamos haciendo un trabajo juntos...

La perspectiva de poner en circulación aquel trabajo le alienta una suerte de credulidad en el azar, tan arbitrarias son a veces las cosas en la cultura argentina. La esperanza de que una editorial se interese y lo publique con la calidad necesaria no debería ser desdeñada con el mezquino argumento de si tendrá luego éxito en el mercado.

Los dibujos que se anticipan a continuación llevan los fragmentos que el propio Cortázar pensó para cada uno de ellos.

Texto: Alejandro Margulis

Fotos: Daniel Pessah

Casi veinte años estuvo guardado este texto poético, lleno de alusiones a la Argentina trágica de los años 70 e inspirado en una serie de dibujos de su amigo Oscar Mara

DESPUÉS  HAY QUE LLEGAR


Se puede partir de cualquier cosa, una caja de fósforos,

un golpe de viento en el tejado, el estudio número 3 de

Scriabin, un grito allá abajo en la calle, esa foto del

Newsweek, el cuento del gato con botas,



el riesgo está en eso, en que se puede partir de cualquier

cosa pero después hay que llegar, no se sabe bien a qué

pero llegar,



llegar no se sabe bien a qué, y el riesgo está en que en

una hora final descubras que caminaste volaste corriste

reptaste quisiste esperaste luchaste y entonces, entre

tus manos tendidas en el esfuerzo último, un premio literario

o una mujer biliosa o un hombre lleno de departamentos y

de caspa



en vez del pez, en vez del pájaro, en vez de una respuesta

con fragancia de helechos mojados, pelo crespo de un

niño, hocico de cachorro o simplemente un sentimiento

de reunión, de amigos en torno al fuego, de un tango que

sin énfasis resume la suma de los actos, la pobre hermosa

saga de ser hombre.



No hay discurso del método, hermano, todos los mapas

mienten salvo el del corazón, pero dónde está el norte en

este corazón vuelto a los rumbos de la vida, dónde el oeste,

dónde el sur. Dónde está el sur en este corazón golpeado por

la muerte, debatiéndose entre perros de uniforme y

horarios de oficina, entre amores de interregno y duelos

despedidos por tarjeta,

dónde está la autopista que lleve a un Katmandú sin

cáñamo, a un Shangri-La sin pactos de renuncia, dónde

está el sur libre de hienas, el viento de la costa sin

cenizas de uranio,



de nada te valdrá mirar en torno, no hay dónde ahí

afuera, apenas esos dóndes que te inventan con plexiglás

y Guía Azul. El dónde es un pez secreto, el dónde es eso

que en plena noche te sume en la maraña turbia de las

pesadillas donde (donde del dónde) acaso un amigo muerto

o una mujer perdida al otro lado de canales y de nieblas

te inducen lentamente a la peor de las abominaciones, a la

traición o a la renuncia, y cuando brotas de ese pantano

viscoso con un grito que te tira de este lado, el dónde

estaba ahí, había estado ahí en su contrapartida absoluta

para mostrarte el camino, para orientar esa mano que

ahora solamente buscará un vaso de agua y un calmante,



porque el dónde está aquí y el sur es esto, el mapa con

las rutas en ese temblor de náusea que te sube hasta la

garganta, mapa del corazón tan pocas veces escuchado,

punto de partida que es llegada.



Y en la vigilia está también el sur del corazón, agobiado

de teléfonos y primeras planas, encharcado en lo cotidiano.

Quisieras irte, quisieras correr, sabes que se puede

partir de cualquier cosa, de una caja de fósforos, de un

golpe de viento en el tejado, del estudio número 3 de

Scriabin, para llegar no sabes bien a qué pero llegar.

Entonces, mira, a veces una muchacha parte en bicicleta,

la ves de espaldas alejándose por un camino (¿la Gran Vía,

King´s Road, la Avenue de Wagran, un sendero

entre álamos, un paso entre colinas?), hermosa y joven la

ves de espaldas yéndose, más pequeña ya, resbalando en la

tercera dimensión y yéndose,



y te preguntas si llegará, si salió para llegar, si salió

porque quería llegar, y tienes miedo como siempre has

tenido miedo por ti mismo, la ves irse tan frágil y

blanca en una bicicleta de humo, te gustaría estar con ella,

alcanzarla en algún recodo y apoyar una mano en el

/manubrio

y decir que también tú has salido, que también tú quieres

llegar al sur,



y sentirte por fin acompañado porque la estás acompañando,

larga será la etapa pero allí en lo alto el aire es limpio

y no hay papeles y latas en el suelo, hacia el fondo del

valle se dibujará por la mañana el ojo celeste de un lago.

Sí, también eso lo sueñas despierto en tu oficina o en

la cárcel, mientras te aplauden en un escenario o una

cátedra, bruscamente ves el rumbo posible, ves la chica

yéndose en su bicicleta o el marinero con su bolsa al

hombro, entonces es cierto, entonces hay gente que se

va, que parte para llegar, y es como un azote de palomas

que te pasa por la cara, por qué no tú, hay tantas

bicicletas, tantas bolsas de viaje, las puertas de la

ciudad están abiertas todavía,



y escondes la cabeza en la almohada, acaso lloras.

Porque, son cosas que se saben, la ruta del sur lleva

a la muerte,

allá, como la vio un poeta, vestida de almirante espera

o vestida de sátrapa o de bruja, la muerte coronel o

general espera

sin apuro, gentil, porque nadie se apura en los aeródromos,

no hay cadalsos ni piras, nadie redobla (1) los tambores

para anunciar la pena, nadie venda los ojos de los reos

ni hay sacerdotes que le den a besar el crucifijo a la

mujer atada a la estaca, eso no es ni siquiera Ruán y no

es Sing-Sing, no es la Santé,



allá la muerte espera disfrazada de nadie, allá nadie

es culpable de la muerte, y la violencia



es una vacua acusación de subversivos contra la disciplina

y la tranquilidad del reino,



allá es tierra de paz, de conferencias internacionales,

copas de fútbol, ni siquiera los niños revelarán que

el rey marcha desnudo en los desfiles, los diarios

hablarán de la muerte cuando la sepan lejos, cuando se

pueda hablar de quienes mueren a diez mil kilómetros,

entonces sí hablarán, los télex y las fotos hablarán sin

mordaza, mostrarán cómo el mundo es una morgue

/maloliente

mientras el trigo y el ganado, mientras la paz del sur,

mientras la civilización cristiana.



Cosas que acaso sabe la muchacha perdiéndose a lo lejos,

ya inasible silueta en el crepúsculo, y quisieras estar

y preguntarle, estar con ella, estar seguro de que sabe,

pero cómo alcanzarla cuando el horizonte es una sola

línea roja ante la noche (2), cuando en cada encrucijada

hay múltiples opciones engañosas y ni siquiera una

esfinge para hacerte las preguntas rituales.



¿Habrá llegado al sur?

¿La alcanzarás un día?

Nosotros, ¿llegaremos?



(Se puede partir de cualquier cosa, una caja de fósforos, una lista de desaparecidos, un viento en el tejado - )



¿Llegaremos un día?



Ella partió en su bicicleta, la viste a la distancia,

no volvió la cabeza, no se apartó del rumbo. Acaso entró

en el sur, lo vio sucio y golpeado en cuarteles y calles

pero sur, esperanza de sur,



sur esperanza. ¿Estará sola ahora, estará hablando

con gente como ella, mirarán a lo lejos por si otras

bicicletas apuntaran filosas?



( - un grito allá abajo en la calle, esa foto del Newsweek - )



¿Llegaremos un día?



Julio Cortázar, 1977 (Texto para uma pasta de litografias de Oscar Mara)

(1) Hay una corrección en el original. Decía redoble.

(2) Donde se lee "ante la noche" decía (está tachado) "de crepúsculo". .

Por Cláudia Belintani

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